Escritos - Psicoanalisis, toxicomania y modernidad - S.Staude

Panel de exposición: Psicoanálisis, toxicomanía y modernidad

Seminario IDIA - Septiembre 2005


Por Lic. Sergio C. Staude


1.- El psicoanálisis no se propone, y no puede ser de otro modo, una alternativa de curación para todo el campo de las toxicomanías. Su accionar tiene su eficacia posible en la medida en que para alguien un sujeto, un grupo familiar, una pareja el consumo abusivo de sustancias, es decir la adicción se transforma o se configura en un síntoma que dice algo que singularice una situación (la problemática de un sujeto, de una pareja de una familia etc.) hasta que no se produzca esta alternativa, mientras quede en el espacio de un accionar ”desubjetivado” es un síntoma social, como por ejemplo algo que se considera propio del malestar social, o socio-cultural de un determinado sector social, de un época o momento determinado como es el caso de lo que de lo que llamamos modernidad o postmodernidad. Este es modo frecuente con que se presenta en la clínica, como un hecho discursivo, como aquellos que” son llamados” adictos o se “autodenominan” como tales, con el agregado de atributos (en pro o en contra) denidos socialmente. Es la sociedad quien se siente ”enferma” por este exceso en su población del consumo de drogas y es esta la que demanda a los adictos, a su entorno y a los ya los profesionales, que hagan algo con eso. El ”hacer algo” lo lleva en muchas ocasiones, a ubicar este consumo en la perspectiva del saber médico, y ahí lo transforma en un síntoma médico, o en la clásicas alternativas de educación y de control social. Como las adicciones tocan inevitablemente el cuerpo , este saber médico encuentra en los síntomas sicos, orgánicos, un referente para su accionar que es indiscutible, de igual manera en que los organismo de resguardo socal tiene que intervenir en este malestar en la cultura. Así la toxicomanía se mueve entre ser un síntoma social y/o médico, ambos pertinentes y atinentes en su definición y que requieren acciones específicas.

Para el psicoanálisis la pregunta, cuando esta conlleva pensar en la clínica, el desafío es poder saber sí puede o no ser un síntoma subjetivo. Si alguien, que puede no ser el mismo acto, se pregunta algo respecto de lo que le ocurre, si esto lo cuestiona.

2.- El psicoanálisis basa su esfuerzo terapéutico en el valor de la palabra. La palabra no se reduce solo al habla, pero la estructura discursiva es aquella que comanda la operación. El adicto suele ubicarse en la antípoda en la medida en que desconfía que esta palabra sea capaz de decir lo más íntimo de si mismo, de representarlo, y de ser un vehículo útil en la relación y la comprensión con el otro, con el semejante. ”La palabra miente, la droga no” es casi un emblema de lo que se puede llegar a coagular como un enfrentamiento rígido, en posiciones antagónicas que no encuentran modos de salir de la aporia de ese enfrentamiento. Y, en la clínica, en muchas ocasiones esta antinomia se cristaliza así, marcando dos territorios incomunicados.

El psicoanálisis es una clínica de los obstáculos y este enfrentamiento entre la palabras y las acciones no deja de ser un obstáculo, un modo más en que el conflicto puede plantearse. De hecho no es ajeno a la dificultad que han planteado el tratamiento con niños, con psicóticos, con psicosomáticos, etc. Nada garantiza que se pueda intervenir allí, pero tampoco nada dice que sea imposible hacerlo.

3.- Este entrevero de las palabras y la acción hace centrar la cuestión de la intervención psicoanalítica en la perspectiva de la clínica de la demanda. La demanda en el caso de las adicciones, no es habitual que provenga del mismo adicto, pero si del entorno, desde el montaje de lazo social que todo adicto constituye, o se constituye en tomo al adicto. El trabajo respecto a la clínica de la demanda es central en este clínica, y tiene como soporte, en la perspectiva del psicoanalista, en la convicción, en la conjetura, del suponer un sujeto en el acto adictivo, allí donde muchas veces el saber médico y el discurso social tienden a velar esta dimensión subjetiva, por las condiciones de su mismo discurso. Allí el psicoanálisis intenta ponerlo de relieve buscando la causa de la acción adictiva no, o no solo, en un puro reflejo del malestar social, ni como puro efecto de la química de los productos que se consumen sino como un acto, y una decisión subjetiva, aunque el adicto mismo sienta, viva o piense que nunca tuvo elección alguna para hacer. Busca poner de relieve esta ”elección”, o crear las condiciones necesarias para lograrlo, aquellas que lo mantienen en la posición subjetiva de no poder elegir, o en el renunciar a esto. No me refiero a una propuesta voluntarista del tipo ”si quiero puedo, sino en el rescate de una posición personal deseante, más allá de una anulación subjetiva real o velada por el consumo.

Esta propuesta, que es eje de una práctica analítica y que tropieza con la dificultad principal que presentan las toxicomanías el desmentido de la palabra -, abren distinto aspectos a investigar en el plano teórico, y desafíos jugados en las distintas alternativas de trayectorias clínicas. Nombro aquellos que resultan los más destacables:

Los momentos claves en la estructuración subjetiva y sus detenimientos. Tema que lleva inevitablemente a establecer los vínculos de las adicciones respecto de las categoría psicopatológicas estructurales: ya que al no ser una estructura denida, no desempeña igual papel el consumo en un neurótico, en un perverso o en las psicosis.

Poner de relieve las falencias yoicas a la vez que los fracasos de la estructura y la función del fantasma, sostén del movimiento deseante.

Indagar la cuestión del alcance y los límites de la palabra como representación: del sujeto y de sus vínculos con el Otro simbólico en el que se constituye, como con los otros, sus semejantes, que hacen al vínculo social.

Esto lleva al tema, arduo de las identificaciones, aquellas que identifican a un sujeto, y también las que identifican a un objeto (de deseo, de amor).

Por eso es necesario despejar la noción de objeto, pulsional y en el fantasma, sostenes del movimiento deseante y de los vínculos amorosos, que es necesario diferenciar del estatuto de la droga tomada como objeto.

El tema del objeto lleva a la necesidad de dar cuenta del modo particular que adquiere el goce del consumo adictivo, un goce que queda por mera de las zonas erógenas habituales en las que se juegan los circuitos del placer.

En esta modalidad de goce se hace necesario advertir la búsqueda de privación del consumo como modo particular de crear una pulsión artificial, mediatizada por el dolor de esa privación. El adicto busca reencontrarse con aquel dolor de la carencia que inicie un nuevo ciclo de búsqueda y anhelo.

El montaje adictivo, que requiere de la complicidad deliberada o no- de otros en el

circuito de la acción adictiva lleva a dos temas: el de las modalidad de vínculos sociales que establece, sostiene y se sostiene de esta ”comunidad adictiva”, y al tema de la acción, que se diferencia del acto en la medida en que este conlleva la posibilidad de una afirmación subjetiva. La ”patología” del acto implica tener en cuenta la frecuencia en el que el acting-out o, con mayor gravedad, el pasaje al acto, reemplazan no solo al acto sino a la posibilidad de estructuración sintomática, primer espacio en donde un sujeto es capaz de anidar en su singularidad.

Por último, pero no en importancia, el tema de la angustia y el dolor psíquico, espacios y tiempos donde la palabra no tiene (porque nunca tuvo o porque está interrumpida) eficacia.

Estos grandes temas permiten pensar que la relación posible toxicomanía-psicoanálisis, no se reduce a un solo aspecto, a una pura oposición irreconciliable ni, como es obvio al encuentro feliz garantizado. Son siempre alternativas a dirimir en diferentes espacios y tiempos que configuran las vicisitudes clínicas que como en todas los casos, nunca garantizan un ”final feliz”, pero tampoco impiden que se constituyan modos operativos fructíferos.

 

 
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