Escritos - Especificidades en la clínica con niños - A.Flesler

Especificidades en la clínica con niños

 

Clase 18 de Abril de 2005

 

Por Lic. Alba Flesler

 

 

Buenas noches a todos. El tema que mencionaba Adriana y que está en relación con mi interés, pero también ha de ser del interés de todos aquellos que quieran, o bien trabajar como analistas, o ya lo estén haciendo, o quieran formarse como analistas, es un tema ineludible para nuestra práctica: es el tema de la transferencia.

Lacan dice, en un seminario llamado Del acto analítico, que sin la manipulación de la transferencia es imposible pensar el acto analítico. Es fuerte la frase, que además habla de manipulación. Por supuesto, de ninguna manera esto quiere decir que se trata de manipular al sujeto ni al paciente, se trata de poder implementar lo que Freud llamó la manija de la transferencia.

Tal vez éste sea uno de los tramos más difíciles en la formación del analista. El que hace no solamente a su formación teórica, el que transcurre por su propio análisis, para ir encontrando los enclaves que hacen difícil sostener su lugar, sino también poder encontrarse en el análisis de control con cuáles son los obstáculos para el manejo de la transferencia. Porque, como decía Freud, nada se puede lograr in absentia o [ in effigie ?]. Es decir, sin la transferencia, podemos entender muy bien de qué se trata, escuchar qué es lo que le está pasando al paciente, saber teóricamente todos los seminarios de Lacan, pero si no sabemos manejar la transferencia, es imposible que haya acto analítico.

Entonces vamos a empezar, tratándose de una práctica que tiene sus especificidades, como es el psicoanálisis de niños, de abordar este concepto con su especificidad, porque ustedes saben que el psicoanálisis no fue creado por Freud para atender niños. Todo el cuerpo teórico del psicoanálisis fue pensado para pacientes adultos, para neuróticos adultos. Y más específicamente para aquellos que eran capaces de establecer neurosis de transferencia. Es decir, que Freud puso bastantes restricciones para esta teoría que él nos brinda. Fuera de ésos, que son los que reúnen la suma de notas ideales, lo demás sólo plantea obstáculos.

Y entre aquellos que dice que realmente encontramos obstáculos para su abordaje, nombra a los niños. Con lo cual, en la historia del psicoanálisis, muchas veces los analistas se enredaron los pies creyendo entonces que se trataba de analizar al niño como un adulto, o bien de no analizarlo porque no es un adulto y no encajaba en el saber constituido de la teoría. Con lo cual, uno podría decir que el niño es un real que se presenta a la práctica, un real que es insumiso, en primera instancia, al saber teórico que tenemos para un adulto capaz de establecer neurosis de transferencia.

Entonces, hablando de las dificultades que genera esta práctica, con su especificidad, y las diferencias que tiene con el análisis de un adulto, en la Conferencia 34 de las Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis, llamada Esclarecimientos, aplicaciones y orientaciones, por el año 1932, Freud dice que el niño es un objeto muy favorable para la terapia analítica. Los éxitos son radicales y duraderos, pero hay diferencias, hay diferencias con el adulto. Psicológicamente, el niño es un objeto diverso del adulto. Todavía no posee un superyó, no tolera mucho los métodos de la asociación libre, y –acá entramos en nuestro tema- y la transferencia desempeña otro papel. Y aclara por qué la transferencia desempaña otro papel. Dice: “Puesto que los progenitores reales siguen presentes”. Es decir, la transferencia es diferente justamente por el tema que hoy nos ocupa: los progenitores reales siguen presentes.

Y agrega: “Las resistencias internas que combatimos en el adulto están sustituidas en el niño, las más de las veces, por dificultades externas. Cuando los padres se erigen en portadores de la resistencia, suele ser necesario aunar al análisis del niño algún influjo analítico sobre sus progenitores”. Les debo confesar que cuando leí esta frase, “influjo analítico”, dije: aquí se inventó la bolsa de gatos del psicoanálisis. Porque en “influjo analítico” entró de todo. Desde mandarlos a analizar, tomarlos en análisis, interpretarlos a ellos, decirles que tienen resistencia, considerar que entonces no había nada que hacer, porque con esos padres ese chico no iba a avanzar nunca… En fin, en “influjo analítico” entró todo.

Todo, menos una lógica, una lógica que diera cuenta de qué entendemos por “aunar” y por “influjo analítico”. Lo cierto es que Freud plantea que los progenitores reales siguen presentes. Y a mí esto me dio la clave a partir de una pregunta que me hice: ¿pero cómo los progenitores están presentes? ¿En el análisis de un adulto no están presentes? Sin duda que lo están. Y allí surgen todos los famosos chistes que hacen las madres cuando dicen “Mi hijo pagó años de análisis para hablar sólo de mí, ¡cómo me quiere!”.

Pues bien, no cabe duda de que los padres siguen presentes. Pero se opera -y aquí entro en una lógica-, se opera una sustitución. Una sustitución que podríamos nombrar así: de los padres de la infancia actual a los padres actualizados de la neurosis infantil. Con lo cual estamos planteando que hay un pasaje de la neurosis de la infancia a la neurosis infantil. Y estoy situando, con esto, que la neurosis infantil no es la del niño, sino que la neurosis infantil es la del adulto. Pero para que haya neurosis infantil, es necesario que se sustituya a la neurosis de la infancia. O, dicho en otros términos, la neurosis infantil es un producto de la conclusión de la neurosis de la infancia. Por eso hay muchos adultos que a veces no presentan neurosis infantil, porque no se ha producido la sustitución de la neurosis actual por una actualización.

La actualización implica, entonces, que hay un tiempo actual que ha dejado de ser actual, y por eso se actualiza. Esto ya implica una operación clave, y de esa operación depende que haya neurosis de transferencia, porque para Freud, la neurosis de transferencia es una actualización en el encuentro con el analista. Una actualización implica, entonces, que algo de lo que ocurrió en otro tiempo se actualiza en transferencia. Pero para que se actualice, debe haberse producido, entonces, una sustitución.

Esta operación de sustitución, entonces, es condición de lo que llamamos neurosis de transferencia. No ha de llamarnos la atención, entonces, en el trabajo analítico, incluso con adultos, que muchas veces nos encontremos con adultos que no establecen neurosis de transferencia, o que bien son traídos por los padres o son enviados por alguien, y no concurren con los padres fantasmáticos, o los padres de la neurosis infantil, sino que los progenitores reales siguen presentes. Y pueden seguir presentes a lo largo de toda la vida como actuales, y no como actualizados. Entonces, en lugar de venir a hablarnos de los padres, como sería una sustitución, los padres están allí, como en la infancia, presentes.

Mencionar, entonces, que se trata de una operación necesaria, implica, también decir que es una operación contingente. Es decir, que puede o no realizarse. Y que la transferencia como tal, para llegar a ofrecer ese producto que es la neurosis de transferencia, la transferencia tiene tiempos. Es decir, que se trata no solamente de tiempos de la infancia que concluyen para dar lugar a la neurosis infantil del adulto, sino también que encontramos tiempos de la transferencia. La transferencia se constituye en tiempos.

Hay una frase donde Lacan hace una distinción muy interesante respecto de estos dos tiempos de la transferencia, y dice: “De hecho, esa ilusión que nos empuja a buscar la realidad del sujeto más allá del muro del lenguaje, es la misma por la cual el sujeto cree que su verdad está en nosotros ya dada.” Se refiere a que el sujeto cree que la verdad está en el analista ya dada, que nosotros la conocemos por adelantado. Y es igualmente por eso por lo que está abierto a nuestra intervención, por creer que su verdad ya la sabemos anticipadamente. “Sin duda –dice Lacan- no tiene que responder de ese error subjetivo que, confesado o no en su discurso –es decir, más allá de que confiese o no que cree que tenemos la verdad antes de que pueda ser develada- es inmanente al hecho de que entró en el análisis, y de que ha cerrado su pacto inicial”. Y aquí viene la frase que yo quería subrayar. Dice: “Y no puede descuidarse la subjetividad de este momento inicial de todo análisis. Tanto menos cuanto que encontramos en él la razón de lo que podríamos llamar los efectos constituyentes de la transferencia, en cuanto que se distinguen por un índice de realidad, de los efectos constituidos que le siguen”.

¿Qué quiero subrayar de este párrafo denso, que merecería todo un despliegue? Lo que quiero subrayar es que Lacan está hablando de dos tiempos de la transferencia: el de los efectos constituyentes de la transferencia, y el de los efectos constituidos que le siguen. Es decir, hay un tiempo que implica constitución de la transferencia, cuando la transferencia se va constituyendo, y un tiempo que son los efectos ya constituidos, y que son posteriores.

Me era necesario hacer esta distinción entre lo constituyente de la transferencia y los efectos constituidos que le siguen, porque los tiempos constituyentes de la transferencia se juegan en la infancia. Lo que encontramos luego en el análisis de adultos son las fallas de esos efectos, si se constituyeron o no, y los podemos leer en los constituidos que les siguen, si se constituyen o si no se constituyen luego. Y es que la primera transferencia se juega con los padres.

Lacan nombró con un matema aquello que era un efecto de la transferencia. Lo llamó sujeto supuesto saber. A esto, a ese error subjetivo de creer que hay un sujeto supuesto saber, el analista, que sabe por adelantado la verdad de aquel que consulta. Pero lo importante para nosotros, y para poder pensar los efectos que van constituyendo la transferencia, es que allí, lo que se juega, es una suposición de saber. Suposición de saber que no tiene nada que ver con creer que el analista sabe. Se puede creer que el analista no sabe, y aun creyendo que no sabe, suponerle saber.

Es decir, suposición no es lo mismo que creencia. La creencia es de un orden más imaginario, está relacionada con lo que creo conscientemente, creencias de la realidad, que el otro sabe o no sabe. En cambio, la suposición, como error subjetivo estructural, implica la búsqueda de saber inherente al hecho de que un sujeto habla. Si habla, y le habla a un otro, es porque le supone saber.

Ahora bien, la primera suposición de saber, ¿cómo se engendra? ¿Cómo se engendra que haya una suposición de saber y que se busque saber? Freud lo dice en un texto de ésos que da gusto leer puntualmente, porque él va recorriendo paso a paso cómo se va engendrando, a mi entender, la transferencia. Es un texto donde no habla de la transferencia, pero sí habla del saber, y habla de la búsqueda de saber, eso que podría llevar a alguien a buscar alguien a quien hablarle porque quiere saber de sus síntomas, saber qué le pasa, saber de su padecimiento.

En ese texto, que es el texto sobre las Teorías sexuales infantiles, Freud menciona cómo se despierta el ansia de saber en los niños. Recuerden que la transferencia se sostiene de una suposición de saber y una búsqueda de saber. Se suele decir muchas veces que un paciente entra en análisis haciéndose una pregunta, o bien porque viene con preguntas. Es decir, busca saber.

En ese texto, Freud plantea que el esfuerzo de saber de los niños, en modo alguno despierta de manera espontánea. Es decir, no es natural ni es espontáneo, que busquemos saber. Por ejemplo, dice, a consecuencia de una necesidad innata de averiguar las causas. Es decir, no es natural que busquemos la causa, ni que busquemos saber las causas. “Si no aparece ni despierta de manera espontánea, es porque lo hace bajo el aguijón de las pulsiones egoístas. Cuando acaso cumplido el segundo año de vida los afecta la llegada de un nuevo hermanito”. Ustedes dirán: ¿qué tiene que ver que llegue un hermanito con que algo aguijonee una búsqueda de saber? “Aquellos niños –dice Freud- que no han recibido un huésped así en su propia casa, pueden, empero, ponerse en tal situación, por las observaciones que hagan en otros hogares.” Subrayo: por las observaciones. Algo observa el niño que lo afecta y que aguijonea el esfuerzo de saber. “¿Y qué es lo que han observado? –dice Freud-: el retiro de asistencia por los padres, experimentado o temido, con razón. La vislumbre de que se estará obligado a compartir, para siempre, todo bien con el recién nacido, tiene por efecto despertar la vida de sentimientos del niño y aguzar su capacidad de pensar”.

Fíjense toda la ganancia que implica para un niño el retiro de asistencia de los padres. Lo afecta, no cabe duda, aguijonea las pulsiones egoístas, el narcisismo, pero despierta, despierta la vida de sentimientos del niño, y aguza su capacidad de pensar.

¿A qué lo lleva? Dice Freud que bajo la incitación de esos sentimientos, el niño pasa a ocuparse del primer grandioso problema de la vida, y se pregunta de dónde vienen los hijos. Gracias, entonces, a esta conmoción, a esto que aguijonea e inquieta, se despierta una pregunta. ¿De dónde? La pregunta por la causa. ¿Qué ha causado que llegara el que llegó? ¿Cuál es la causa? Dice Freud: “Uno cree percibir el eco de este primer interrogante”. Fíjense que es el primer gran interrogante, la primera gran pregunta, es la base de todas las preguntas posteriores. Primer gran interrogante en muchísimos enigmas del mito y de la saga. La pregunta misma, como todo investigar, en un producto del apremio de la vida. Sin eso, entonces, no hay pregunta, no hay búsqueda de saber.

Muy interesante, la lógica, porque fíjense que solamente hay una búsqueda de saber cuando al niño le cae el saber habido hasta ese momento. Él creía saber que era la fuente de toda satisfacción para sus padres. Cuando aparece un retiro de asistencia, cuando aparece un huésped, cuando aparece otro niño, surge la pregunta: ¿Qué ha causado que buscaran más allá de mí? ¿Qué ha causado el deseo de los padres? ¿Es que no estaban satisfechos con el niño como falo, que los completaba absolutamente? ¿Es que aquello que les hacía falta no se completaba con el niño?

Entiendo que ustedes han estado ya trabajando, y si no, deben recordar que Freud dice que el niño llega al mundo en el lugar de una falta de falo. Falta que lleva a que se desee un niño. Pero lo que el niño descubre es que él, entonces, no era lo que daba satisfacción absoluta. Lo que descubre es que en ese retiro de asistencia, lo que hay es un deseo más allá de él. Y se pregunta cuál es la causa, de dónde.

Dice Freud: “Supongamos que el pensar del niño se emancipe pronto de su incitación y prosiga su trabajo como una pulsión de investigar. Si el niño no está ya demasiado amedrentado, tarde o temprano emprenderá el camino más próximo, y demandará una respuesta a sus padres”. Es decir: el primer lugar donde va a buscar respuesta, porque supone un saber, es en los padres. Y Freud dice por qué: porque para él significan la fuente del saber. El primer lugar, entonces, donde se supone saber, es en los padres. Primera transferencia.

Ustedes recordarán que Freud dice que la transferencia no es una creación del análisis. Freud dice que el análisis se sirve de la transferencia. Es decir que la transferencia es de estructura, y se estructura, se constituye según las vicisitudes de la búsqueda de saber el la infancia. Es decir, de las respuestas que reciban a las preguntas.

Freud dice que el niño va a continuar el camino de la búsqueda de saber si no está demasiado amedrentado. Es decir, puede estar amedrentado o puede seguir preguntando. De las respuestas de los padres a las primeras preguntas, se deciden los destinos de la transferencia futura.

En realidad, podríamos decir, brevemente, que hay respuestas y respuestas. Los padres con su respuesta siempre decepcionan. Claro que fue malentendido, esto de que los padres no responden toda la verdad. No sé si ustedes lo recuerdan, pero Freud menciona que la respuesta de los padres que contestan con la cigüeña y con otras mentiras, dirá Freud, hace que los niños descubran que no pueden tener confianza en los padres, y entonces busquen saber más allá de ellos.

¿Y en quiénes buscarán saber? Buscarán saber en las personas encargadas de su crianza, irá a pedagogos, podríamos decir analistas. La serie puede continuar. La búsqueda de saber en otros se produce porque los padres siempre decepcionan en sus respuestas. Es decir, cuando ellos responden, responden no-todo. Pero es distinto, y decide distintas vías para la transferencia si la respuesta que ellos dan es una respuesta de todo lo que saben hasta el límite del saber, responden toda la verdad hasta donde la verdad puede ser dicha, es decir, no toda; si los padres dan respuestas plenas de sentido, si los padres no dan respuesta y silencian ante la pregunta, si los padres dan respuestas renegatorias a la búsqueda de saber.

Se definen tres vías distintas, al menos, para lo que podría ser la búsqueda de saber en el futuro adulto, o la búsqueda de saber en el niño. Distintas presentaciones de la transferencia. Si los padres, el saber que dan, lo transmiten como un saber enlazado a la castración, es decir, es el saber hasta el límite de lo sabido, lo más probable es que del lado del niño funcione lo que se llama una desmentida. Y, entonces, ellos velen esa falta de saber en los padres, y pongan en su lugar las teorías, que son producto de una desmentida, y que son lo que va a ir engendrando la fantasmática del niño, es decir, que van a dar lugar a síntomas.

También puede ocurrir, en el caso de que los padres silencien, o respondan con pleno sentido, o que los padres censuren y amedrenten la búsqueda de saber, que en lugar de tener en los niños nuevas preguntas y búsquedas de saber, haya inhibición de saber. Dejan de preguntar, dejan de investigar, no hay preguntas. Hay inhibición en lugar de síntoma.

Y cuando los padres responden renegatoriamente, con mentiras, que además mantienen como saber, en general lo que encontramos son unos montos de angustia sin búsqueda de saber. Inhibición, síntoma y angustia en las vías del saber. Y también en la presentación transferencial.

Querría ahora hacer una mención, ya no a la transferencia del lado del niño, esto que hablé porque las particularidades que encontramos en la práctica con niños es que nos las tenemos que ver con la transferencia del lado de los niños y con la transferencia del lado de los padres. Querría ahora decir algunas cuestiones relativas a la transferencia de los padres con el analista o con el sujeto supuesto saber de niños.

Cuando Freud define qué es un niño para el psicoanálisis, dice que el niño puede ocupar distintos lugares y sitúa tres, al menos. Uno es el lugar de equivalencia simbólica, que es el que había mencionado anteriormente: es el niño que funciona en el lugar del pene que la madre no tiene, al fin de su Edipo, es decir , el niño como falo, o bien como objeto del deseo de la madre. Objeto de deseo.

Otro lugar que le otorga al niño, es como objeto del narcisismo de los padres. En su texto llamado Introducción al narcisismo, dice: “El niño va al lugar de His Majesty, the baby”. Un lugar en el narcisismo de los padres. Quieren que él sea todo aquello que ellos no pudieron ser, etcétera. El niño, entonces, ya no como objeto de deseo, sino como objeto del narcisismo, u objeto de amor.

Pero también ubica al niño como objeto de un fantasma del adulto: Pegan a un niño. El niño, entonces, en la teoría analítica, y también diremos en la estructura de los adultos, puede funcionar como un objeto de deseo, como un objeto de amor o como un objeto de goce. Y me gusta siempre recordar que se trata de la estructura que nos habita, es decir, la de los analistas también. Cuando atendemos niños, también el niño puede funcionar como un objeto de deseo, como un objeto de amor o como un objeto de goce, porque el niño, en la estructura del adulto, ocupa estos tres lugares. Muchas teorías del psicoanálisis de niños dan cuenta de que el niño ha ocupado este lugar de objeto para los analistas también.

Entonces, a mí me gusta, me ha permitido salir de falsas opciones dentro del psicoanálisis, como si si los niños son analizables o no, si hay especialidad de psicoanálisis de niños, si podemos creer que en realidad los niños son objetos especiales ¿no?, para los especialistas en niños… me complica pensarlo así. Creo que lo que nos permite salir del atolladero es pensar que el psicoanálisis atiende al niño, pero, en realidad, se dirige al sujeto. Porque el objeto de nuestra ciencia, del psicoanálisis, no es ni el niño, ni el adulto, ni la personalidad, ni la consciencia … El objeto al que se dirige un psicoanálisis es un sujeto.

Entonces, atendemos al niño, atendemos al adulto, atendemos a los padres, atendemos a aquéllos de quienes recibimos una consulta, pero apuntamos al sujeto. Al sujeto con sus especificidades, con las especificidades que el acto analítico requiere según los tiempos que este sujeto pueda tener. Porque el sujeto tiene tiempos, no sólo edad, la edad no nos alcanza para entender, o para ubicar, si estamos o no con un sujeto que ha realizado la sustitución de la neurosis de la infancia a la neurosis infantil. Por eso nos podemos encontrar con un supuesto adulto que cronológicamente tiene sus años, y que, como tiempo del sujeto, está con una inhibición en la búsqueda del saber propia de que se encontró amedrentado en la búsqueda de saber cuando buscó respuestas en la primera transferencia con los padres. Y nos sorprendemos de que llegan al consultorio sin hacerse preguntas, o bien haciéndonos preguntas como los niños. “¿Usted es casada? ¿Tiene hijos? ¿Duerme aquí?” ¿Qué preguntas son esas que los niños hacen en transferencia? Es una pregunta por dónde están tus deseos, tus goces y tus amores. ¿En esta cama? ¿En esta casa? ¿En un marido? ¿En los otros niños?

En una supervisión del mediodía nos sorprendíamos las dos muy gratamente, con la analista, en la supervisión, porque un chiquito que tenía muchas dificultades para ser alojado en su historia, ella me decía: “Yo lo recibo con tanto cariño”. Se le notaba que realmente tenía afecto por este chiquito y que lo esperaba con cariño. Y se nota que este chiquito encontró alojamiento en este lugar. Incluso le había hecho preguntas, por sus vicisitudes él se quedó enganchado con que ella tenía una hija, y entonces le dijo: “Yo traje brillantinas para dibujar”. Y en un momento le preguntó: “Y tu hija, ¿tiene brillos?” Y ella le dijo que no, pensó que le estaba preguntando por la brillantina. Y entonces le hizo un dibujo, que le regaló, con brillantinas rosas. Se trata de un varón. Pero él pesquisó, también por sus vicisitudes, que para esta mamá, que es su analista, había un brillo con la nena. Entonces esos brillos le ofreció, los rosas. Ahora leíamos, en La dirección de la cura, se tratará de ver cómo pasa a los brillos de un varón.

Pero bueno, se trata, entonces, de ubicar que, como objeto del otro, le ofrece lo que le satisface al otro: los brillos rosados. Pero nosotros no hacemos del niño un objeto para nuestra satisfacción, ni amorosa ni deseante ni de goce; apuntamos al sujeto, y al avance de los tiempos del sujeto: pasar de los brillos de nena a los brillos de varón.

Sólo que, entonces, la puesta que hagamos, tendrá una relación directa con aquella transferencia con la que llegan los padres. Entonces, veamos el tema de los padres y la transferencia. Al fin. Una última aclaración antes de establecer distinciones, que como ustedes ya deben haber pesquisado, me produce mucha satisfacción, me da goce buscar distinciones, porque en realidad, como Lacan dice que la intervención del analista ha de ser como el arte del buen cocinero, que debe trinchar en el lugar justo –se tiene que conocer las articulaciones para poder saber dónde trinchar justo- a mí me quedó esto del arte del buen cocinero porque pensé que muchas veces, con estas cuestiones, nos hacemos ensalada. Entonces, plantear distinciones a mí me es de utilidad para mi práctica, y cuando las encuentro realmente me da gusto. Y también compartirlas con otros analistas para que tal vez les puedan, también, servir de herramientas. Como a mí me han servido de herramientas las distinciones que otros analistas han hecho en muchos temas de psicoanálisis.

Entonces, recordando que Freud dice que, a veces, los padres demandan que se cure a su niño indócil… es en el texto de La psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina. Allí dice Freud:

[FIN DEL LADO A]

“Los padres demandan, entonces, que se cure a su hijo, que es neurótico e indócil. Por ‘hijo sano' entienden ellos uno que no ocasione dificultades a sus padres, y no provoque sino contento. El médico puede lograr, sí, el restablecimiento del hijo, pero tras la curación él emprende su propio camino más decididamente, y los padres quedan más insatisfechos que antes.” Recuerden que en el otro texto decía que ellos se erigen en portadores de la resistencia, y entonces es necesario aunar al análisis del niño un influjo analítico.

Entonces, este tema de lo que los padres demandan cuando llegan a nuestro consultorio trayéndonos a sus hijos. Los padres, o lo que llamamos las consultas de los padres, podría decir que a veces los padres consultan, pero no todas las consultas que recibimos son consultas. Las consultas –o las que yo llamo consultas- son aquellas que distingo de aquellos padres que no consultan, pero sí demandan. Y a su vez los distingo de aquellos padres que no consultan ni demandan, sino que los mandan. Es decir, tenemos padres que consultan, padres que demandan pero no consultan, y padres que los mandan.

¿Qué diferencia podríamos establecer en estos tres tipos de presentación? Los padres que consultan, en general, buscan saber. Ellos vienen con preguntas. La pregunta es la evidencia, la manera en que ellos se presentan, buscando saber y presentando una falta en el saber, saber que otorgan al supuesto a saber analista de niños. Pero ellos tienen preguntas.

Otros padres no vienen con preguntas, vienen con demandas. En general, no sólo no tienen preguntas, sino que lo que más tienen son respuestas. Son los padres que demandan que se cure al hijo indócil, entendiendo por hijo sano el que les procura sólo contento.

Y los padres que no demandan y que los mandan, no sólo no tienen preguntas y tienen respuestas, sino que esas respuestas son la respuesta, no son respuestas. Esto da en el discurso de los padres y en general, un tipo de presentación transferencial y un tipo de lugar para el niño.

La transferencia, en realidad, Freud nos enseñó a leerla no sólo en su vertiente más simbólica, la de la búsqueda de saber, la que hace que haya preguntas, la que implica que se va asociando, buscando un saber… también está la transferencia amorosa. La transferencia que, en el orden del amor, es más imaginaria, es la que hace que quien llega se presente amable, pero no quiera saber. Ustedes recordarán, en los textos sobre dinámica de la transferencia, Freud dice que esto, llevado al extremo, implica que sólo se busca el amor y ya no se quiere más saber nada.

Y también tenemos una tercera vertiente de la transferencia, que es la vertiente que llamamos vertiente real de la transferencia. Es una vertiente donde lo que se juega es el costado más pasional de la transferencia. No sólo no se busca saber, sino que están en juego el amor y el odio en su costado más pasional.

Estos tres modos de presentación que hacen los padres cuando consultan, en general, vienen acompañados de un predominio de las tres vertientes de la transferencia. Los padres que consultan, que tienen preguntas, en general presentan el costado más simbólico de la transferencia. Ellos llegan, se hacen preguntas, tienen algunas teorías, tiene un saber, buscan un saber. El niño, en general, ocupa para ellos, predominantemente, un lugar de objeto de deseo.

Los padres que demandan pero no hay preguntas, lo que demandan es que el niño encaje en las expectativas y no les brinde sino contento. Es decir, esperan al niño en ese lugar de objeto del narcisismo. La dialéctica que está en juego es la del amor o de la falta de amor. Si les da contento lo aman, y si no, ellos están muy descontentos. Se presenta con el analista la vertiente más imaginaria de la transferencia, suelen venir con muchísimas expectativas, nosotros somos los que vamos a poner al niño en el lugar realmente, no hay otro como nosotros. La vertiente amorosa de la transferencia.

Y los padres que los mandan, en general, no sólo no traen preguntas: vienen muy molestos. Vienen muy molestos porque los manda una terceridad, la escuela, la Justicia, lo social. Y vienen muy molestos porque esa terceridad los manda para interrumpir un goce que ellos no quieren interrumpir. Entonces, el niño está como objeto de goce de los padres, y nos encontramos con la vertiente más real de la transferencia. Que, por supuesto, es la más difícil y la menos abierta a nuestra intervención.

Bueno, los escucho, y me vienen bien las preguntas.

Alumna: - [no se entiende … el niño como objeto de deseo … ]

Flesler: - En la mayoría de los ámbitos científicos el objeto al que si dirige el científico intenta ser planteado como una exterioridad, y el científico como un observador imparcial. Una de las características específicas de nuestro métier, de nuestro trabajo, es que trabajamos con nosotros todo el tiempo. Por eso no somos alguien imparcial que está en el lugar de observador, ajeno a lo que allí está ocurriendo. Somos parte de la experiencia, la experiencia no está fuera de nosotros. Nosotros somos parte de la experiencia. Y somos parte de la experiencia porque, como decíamos, la transferencia se juega con nosotros, y no es una proyección, la transferencia. Implica a nuestro ser.

Por eso Freud aconseja a los analistas que, en primera instancia, para formarse como analistas, se analicen. Es decir que, si no nos analizamos, lo más probable es que nuestras propias fantasmáticas, nuestra propia estructura se esté jugando como sujetos, y entonces tomemos al paciente según nuestros propios fantasmas. Cuando nos analizamos vamos descubriendo qué lugar tienen ciertos pilares fundamentales en nuestra propia estructura. Por ejemplo, qué es un padre, qué es una madre, qué es un hijo. Es decir, analizamos nuestro Edipo. Porque es con el Edipo que vamos a ubicar la relación que tengamos a nuestros padres, a nuestros hijos, y al lugar que implica “padre” en la estructura, “niño” en la estructura. Porque “niño”, más allá de ese niño en particular, es una parte, una significación en la estructura de todo adulto. Y nosotros lo somos, es decir, restamos hechos tan neuróticos como cualquier otro ser humano; no es que estamos ajenos a la estructura, la estructura también es la nuestra.

Por eso analizamos qué significación tiene, en nuestra estructura “niño”, porque “niño” siempre es una significación en la estructura, porque puede venir al lugar de cualquier falta. Freud dice: “niño” va al lugar de una falta de falo. Si pasamos por el Edipo, y pasamos por las vicisitudes de lo que implica la falta en la femineidad y en la maternidad, seguramente hay algo del niño que significa para nosotros.

Entonces, si no analizamos qué es un niño para nosotros, lo más probable es que lo actuemos en el encuentro con un niño. Ejemplo: escucho, a veces, decir, teorías donde se culpabiliza a los padres de aquello que le ocurre al niño. Se tiene una teoría de que al niño hay que salvarlo de los padres. Eso es un tipo de teoría. El niño que aparece en la teoría de esos analistas como un objeto del narcisismo que va a responder mejor al encuentro con ese analista que a los propios padres. Es un ideal que está allí en juego, de niño sano, por ejemplo.

O bien cuando se trabaja la devolución con los padres. Se plantea la llamada devolución. Está en juego de quién es el niño, en las famosas devoluciones. Si hay que devolverlo, es porque se lo apropian. ¿Quién no ha tenido alguna vez la fantasía de que ese niño podría haber tenido padres mejores? ¿Acaso no es la novela del neurótico la que cada uno analizó, si se logró poner en la horizontal y darse cuenta de que está hecho de la misma hechura ? Sólo que tenemos la advertencia de la significación que tiene un niño en la estructura. Pero “niño” siempre es un lugar en la estructura del adulto.

Alumna: - [no se entiende]

Flesler: - Que “niño” como tal, no es el niño sino qué significa un niño, qué significación tiene en la estructura de un adulto. Lo que significa para cada uno de nosotros en la estructura del neurótico, “niño”, como tal, tiene una significación. Una de estas tres significaciones, dice Freud, en la estructura del adulto.

Por ejemplo, otra significación típica es la de considerar que en el niño está el origen y la etiología de todo lo que ocurre después. Es decir, todas las teorías del origen se remiten al niño. Cuando decimos “niño”, tendríamos que decir: definíme qué es un niño. Y de la definición que cada uno me dé de lo que es un niño, en tanto son adultos, les puedo decir cuál es el fantasma. Es decir, “Dime qué es ‘niño' para ti y te voy a decir al lugar de qué falta fue esa significación”, porque en realidad el “niño” es una significación que viene al lugar de lo que le falta a un adulto. Y esto Freud lo tematiza. Freud dice que “niño” no es ese ser humano; “adulto” no responde a una cronología, niño es un chico… sino que es una significación, “niño”. Y que para cada adulto va a tener una significación según su propia fantasmática. Es decir: cómo un adulto significa lo que es ser niño.

Y esto se escucha en los análisis de los adultos, cuando alguien trata de decir qué es un niño para él. Y es una constatación que podemos hacer escuchando a cualquier adulto. ¿Qué significa “niño” para ti? Dime qué significa “niño” y te diré cómo lo analizas. Porque el niño es una significación para el adulto. Todo adulto, es decir, todos nosotros creemos, tenemos un saber, de lo que es ser niño y de lo que es un niño. Y en función de ese saber que tenemos y de la significación que tenga un niño para nosotros, lo vamos a analizar.

Todo lo que puede aparecer en relación a qué se cree que es un niño viene a ese lugar. Es lo que Freud trató de tematizar para desprender al niño del lugar que podría ser pensado como el sino, que ya sabemos lo que es el niño. Siempre que nos queremos acercar a saber lo que es el niño estamos colocando lo que creemos que es un niño. Y que también es producto de que hemos reprimido, dice Freud, lo que fue nuestro tiempo de infancia. Es decir, lo vamos a significar desde nuestra neurosis infantil. La neurosis infantil que significa lo que fue el tiempo anterior, por eso es una actualización. De acuerdo con esa significación vamos a creer entender lo que es un niño.

A lo largo de la historia de la humanidad se le otorgó diferentes significaciones al niño. Fue lugar de un adulto chiquitito… y, porque el niño es un lugar de significación del adulto. Tal vez cuesta entender porque la pregunta “¿qué es un niño para mí?” todavía no se formuló, nunca se me ocurrió pensar qué es un niño, qué entiendo por niño. Porque cada vez que el adulto dice qué es un niño está colocando alguna de estas significaciones.

Para Freud, el niño es un lugar en el aparato psíquico del adulto. Después estamos en el plano de lo que es la subjetividad, pero el niño como tal es una significación.

Alumna: - [no se entiende]

Flesler: - Tal cual. Te diría que están enlazados, los tres lugares. Es un buen subrayado. Se trata de los tres lugares enlazados de determinada manera, y más que circulando, te diría, cada uno encuentra un límite en los otros dos. Por ejemplo, el amor. ¿Qué busca el amor? El amor busca la unión absoluta con el otro, hagamos de dos uno. Entonces, ¿qué es lo que le pone límite a que el niño sea un objeto de amor, de hacer de dos uno? Y, que la madre tiene un deseo más allá de ese amor, y que busca otro goce. Entonces, que haya un goce y un deseo más allá del niño hace que el amor tenga un límite.

Lo mismo vale para el goce. Uno, por ejemplo puede decir, sobre el goce que procura un niño: “Qué lindo, está para comérselo”. Si se dejara librado al goce, y fuera solamente objeto de goce, se lo agarraría y se lo comería. Pero porque lo ama, no se lo come. O sea, que el goce encuentra un límite, también, en el amor y en el deseo de que viva. Por ejemplo, cuando uno los quiere matar, a los hijos. Es un sentimiento noble, nadie se tiene que sentir culpable. Pero ¿por qué no los mata? ¿Por qué no le da rienda suelta al goce? Porque los ama, porque desea que vivan, por amor. Entonces, el goce encuentra un límite gracias a que está el deseo y que está el amor.

Lo mismo con el deseo. El deseo, dice Lacan, está librado a su propio movimiento, el deseo se sostiene siempre de una falta, lo que causa el deseo es una falta. Es condición: si no me falta no deseo. Esto es la estructura básica del deseo, se desea porque falta. Pero si un deseo está librado a su propio movimiento, es un deseo loco, dice Lacan. Siempre deseo otra cosa. Desea, desea, desea, nunca le alcanza. ¿Por qué se limita ese deseo librado a su propio movimiento? Porque encuentra cierto goce, cierta satisfacción, y porque también está el amor, que hace entonces que el deseo tenga cierta perspectiva satisfactoria, y no es siempre que falte. Y lo escuchamos muchas veces, cuando está librado a su movimiento loco, cuando el chico siempre está con lo que le falta, nunca enlaza el deseo al goce. Si el deseo se enlaza al goce, encuentra cierta satisfacción.

Alumna: - [no se entiende]

Flesler: - El influjo analítico. Teniendo en cuenta estas vertientes se ve por dónde hay que intervenir. Lo que permite orientar la intervención es, justamente, encontrar cómo están [ubicados?] los enlaces y desenlaces entre el amor, el deseo y el goce.

Alumna: - [no se entiende]

Flesler: - [hay unos minutos en los que el volumen baja mucho, son inaudibles] Sí, realmente yo creo que en los historiales freudianos, donde casualmente hay consultas por niños o por adolescentes, podemos encontrar ejemplificado, ilustrado, algo de la presentación de los padres. Casualmente son padres, los que consultan, no son las madres. El padre de Juanito, el padre de Dora, que es una adolescente, y el padre de la joven homosexual, que también es una adolescente.

El padre de Juanito, a ver dónde lo ubicarían. Dice: “Estimado profesor : –vean que empieza con “Estimado profesor”, el lugar que ocupa Freud en la correspondencia- le envío otro pequeño fragmento sobre Hans, esta vez desdichadamente contribuciones para un historial clínico. Como lo leerá usted, en los últimos días se le ha desarrollado una perturbación nerviosa que nos tiene muy intranquilos a mi mujer y a mí, porque no podemos hallar ningún medio para eliminarla. Me tomaré la libertad de visitarlo mañana, no obstante lo cual le anticipo por escrito el material disponible. Sin duda ha sido una hiperexcitación sexual por ternura de la madre, pero no sé indicar el excitador de la perturbación. El miedo de que un caballo lo muerda por la calle parece entramado, de alguna manera, con el hecho de que le asusta un pene grande. No atino a hallar nada pertinente –le dice más adelante. ¿Habrá visto en alguna parte a un exhibicionista, o el todo se anuda solamente a la madre? No nos resulta agradable que desde ahora empiece a plantear enigmas. Salvo el miedo a andar por la calle y su desazón al atardecer, sigue siendo el mismo divertido [no se entiende]”.

Es un padre que consulta. Plantea preguntas. Dice no saber. Tiene sus teorías, pero no son una respuesta al síntoma cerrado. Y, por otra parte, dice con claridad cuál fue el punto en el que la investigación de Juanito, es decir, la búsqueda de saber, se detiene. Es que no le hace mucha gracia que el niño plantee enigmas. Claramente hubo un momento de la investigación que quedó frenada, que después Freud va a retomar, y dice: lo que quedó sin develar es el lugar del padre en la procreación. No por nada al padre no le gustaban mucho las preguntas -lo explicaba-, pero es un padre que consulta.

Alumna: - [no se entiende]

Flesler: - Sí, claro, es decir que cuando el niño, o la joven, como la joven homosexual, es un objeto de goce, entonces el padre de la joven homosexual viene diciendo que en realidad ya tiene prevista una solución por si fracasa el psicoanálisis. Es decir, ni cree en el psicoanálisis, ni “Estimado profesor”; él ya tiene respuestas, no sabe si es una degenerada o algo por el estilo, y además, si el psicoanálisis fracasa, él ya tiene preparado un casamiento, y con eso la va a corregir. Y lo que despierta, y eso Freud lo pesquisa bien, es una verdadera exasperación. Es un padre […], está molesto con la interrupción de goce.

El padre de Dora es un padre “yo no fui”. Porque es un padre que viene y se justifica todo el tiempo, parece el cuento del [no se entiende]. “Y entonces, yo le dije, pero no hay nada ilícito entre la señora y yo, y además, usted procure ponerla en el buen camino”. Es decir, que es un padre que demanda. No lo mandan, pero no tiene preguntas. Y la hija le interrumpe, le molesta, porque hace síntoma de la verdad de la pareja parental, es decir, de cómo circula el deseo entre él y su mujer.

Bueno, dejamos aquí.

 

 
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