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13 Sep 2019

Comentario del libro: “Eros, El dulce amargo” de Anne Carson – Ed. Fiordo

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Considerada la décima musa, creadora del lirismo, pecaminosa e inmoral, origen de la palabra lesbiandad; Safo es la poeta griega que la contemporaneidad no cesa de leer ni puede leer con completud. Nacida en el siglo siete antes de cristo en la isla de Lesbos, fue la responsable del negocio de su padre una vez muerto, luchó contra el tirano Pítaco, fundó una escuela de recitado y escribió caudalosos poemas de amor a otras mujeres: la mayoría incendiados por orden del papa Gregorio Séptimo. Distintas razones pueden hacernos leer y volver a leer y pensar a esta poeta: su puesta en valor de lo íntimo en diferencia de lo épico guerrero; su presencia de mujer en un origen que acostumbramos a pensar hecho de hombres; el formato fragmentario que sus textos post quema ganaron de manera obligatoria (esa sensación de que jamás veremos todo) (se dice que un estilo está hecho de causalidades). Por todo esto también Anne Carson escribe Eros el dulce-amargo, un ensayo a raíz del poema 31 de Safo, pero sobre todo Anne Carson lee (en) la contradicción que Safo sintetiza: el dulce y el amargo pueden ser (y son) un mismo acontecer. Este dato que parece casi obvio y menor, nos dice Anne Carson, es la materia del sentir: la erótica es paradojal. Detengámonos en esto, hace la autora. Lo que es y no a la vez vive en Homero, late Platón, suena en los cómicos, persiste en los trágicos, lo oyen los guionistas de Netflix, ¿lo sienten ustedes, quienes leen? ¿Esa dolorosa atracción, una forma de amar diciendo no?

 

El libro que hoy recomendamos no realiza el análisis hermenéutico de un poema sino la invención de una genealogía: la de la erótica. Ensayar sobre la erótica es aquí no solo ampliar el espectro del concepto haciéndonos volver a imaginarlo (detenernos ante él, no resolverlo), sino colocarlo en el lugar central de la génesis occidental. Si acostumbramos a pensar a Grecia como la cuna de Occidente por su desarrollo filosófico político, el resaltar la poesía entre los textos, una mujer como su autora y una erótica en su forma es, ni más ni menos, una operación de reterritorialización conceptual emocional. Acostumbrados a pensar que de Grecia venimos y hacia Grecia viajaremos, encontrar en la cuna del conocimiento la amorosa paradoja es redescubrir, es decir, volver a inventar un origen. Si Anne Carson llega a un núcleo textual al decir que el poema amoroso es paradojal en tanto representa siempre “situaciones que deberían involucrar dos factores (amante, amado) en términos de tres (amante, amado y el espacio entre ellos como quiera que se lleve a cabo)”, multiplica su apuesta al reenviar dicha triangulación del sentir al conocer. No es un dato menor para una sociedad cuyo paradigma de conocimiento ha sido tan golpeado por los campos de concentración -pensados no como excepción sino como máximo exponente de la razón-, pero también por la existencia misma de nuevas tecnologías y corporalidades que ponen en cuestión la tradicional divisoria entre ser y no ser y entre falso y verdadero. Un ensayo muy interesante sobre la necesidad de nuevos paradigmas de conocimiento es El hombre operable, de Peter Sloterdijk. Allí se plantea que la metafísica humanista basada en una ontología monovalente (el ser es, el no ser no es) y una lógica bivalente (lo que es verdadero no es falso, lo que es falso no es verdadero), debería dejar lugar a una era de lo múltiple donde pueda comprenderse que existen “nadas que son entes y entes que son nadas”. Allí el autor propone la necesidad de una ontología por lo menos bivalente y una lógica al menos trinaria. En este sentido, es verdaderamente revolucionaria la afirmación que Anne Carson explicita hacia el final de Eros: “Me gustaría aprehender por qué razón estas dos actividades, enamorarse y llegar a conocer, me hacen sentir genuinamente viva. Hay en ellas algo electrizante”. La igualación de dos verbos semánticamente tan diversos -allí donde amar requiere un paciente, conocer reclama un agente- nos pone de hecho ante la puerta de ese nuevo paradigma productivo y entusiasmante que Sloterdijk solicita.  Si nuestro principal conflicto como sujetos es serlo de conocimiento ante objetos que ya no lo son y en una lógica agonizante, Anne Carson viaja hasta el corazón del mundo occidental y trae cubierta de pólvora una proposición irreductible: hay conocimiento erótico.

Desde ALEF no podemos más que suscribir y agradecer esta pequeña reinvención e invitarnos a investigar dentro de ella. Recordemos que fue J. Lacan en el seminario 10 (La Angustia) quien afirmo que nuestra praxis, la de analistas, merece el nombre de erotología.

 

Por un hallazgo emocional en el cenit de lo racional, recomendamos con énfasis sumergirse en Eros el dulce-amargo; primer libro de Anne Carson traducido por la maravillosa Mirta Rosenberg en una edición reciente de Fiordo. Un ensayo sobre el amor, la paradojal humanidad, la historia del arte y el pensamiento y sobre cualquier recuerdo amatorio, esos vínculos inagotables vía entendimiento. Sin más, los dejamos con unos versos del libro Amé de Alejandro Berón:

 

Te amaba para saber

Te amaba para contarte

te amaba

para hacerte una pregunta.

 

Por último, en una reciente entrevista a Anne Carson le preguntan por qué ha dicho que prefiere el proceso de llegar a una idea que esa idea en sí y ella responde que la pulsión de muerte no es sentir ganas de morir sino la inercia, todos tenemos ganas de quedarnos mirando la tele todo el día; no se conformen con eso, recomienda y suscribimos.

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