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10 Oct 2019

“Carrera Hospitalaria. Un recorrido posible…” Lic. Adriana Szyniak

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El título preanuncia aquello que intentaré transmitir: mi praxis en los hospitales públicos. Desde el final de ese recorrido resignifico el camino. Aquel que hace 30 años inicié y que en la jerga médica se denomina: “carrera hospitalaria”. Término tan cercano para ellos y tan extranjero para nosotros, los psicoanalistas.

Singular denominación. En un juego de imaginación, por momentos, se me representaba la cinta que preanuncia la llegada a la meta, ¿cuál sería el momento en que decidiría atravesarla? Antes y después seguramente, no será lo mismo. En ocasiones ese tránsito ha sido hospitalario, en tanto agradable y acogedor, pero en otros, se tornó inhóspito.

Carrera hospitalaria, infrecuente para aquellos, cuyo título de grado, como el mío, es el de Lic. en psicología, y más aún para quienes hemos decidido que nuestra práctica esté ligada al psicoanálisis. Desde lo médico, es de lo cotidiano y tiene un brillo singular.

Hoy puedo decir que, entre el azar y la elección, transité parte de mi formación como psicoanalista en los hospitales y eso fue de una inmensa ganancia. Hablando con colegas, amigos, y relatando mi experiencia a lo largo de estos años, una pregunta se me dirigía, ¿por qué no la escribía.? Entonces pensé que estas jornadas podrían ser una ocasión. Escribir, forma peculiar de transitar un duelo, inscripción de una falta. Pasar una y otra vez por los lugares que habité y las trazas que me habitaron, pero esta vez en otro tiempo y ante otros.

Afirmo, como ya lo hice en otras oportunidades, que hay un psicoanálisis en los hospitales, quedando demodé la pregunta de su posibilidad e imposibilidad. Hemos aprendido de la mano del psicoanalista vienés que la imposibilidad es estructural, tanto de psicoanalizar, gobernar y educar; es decir de recubrir totalmente lo real por lo simbólico. Tenerlo presente me permitió armar un recorrido, no diría una carrera de obstáculos, sino un camino con algunos obstáculos. La lectura de los mismos, de la mano del psicoanálisis: tanto desde la teoría, como desde mi análisis personal me han permitido hacer lectura, produciendo un resto que me posibilitó avanzar.

Retomo allí, donde una veinteañera comienza su recorrido como residente, donde la formación era el eje y la escritura un modo de transmisión. Marcas en el origen que me acompañan en este devenir.  Guardias con los psiquiatras, interconsultas, el intercambio con otros y la avidez por el saber eran la zanahoria que me alimentaba y me permitía continuar.  Quedaron plasmadas las primeras jornadas de residentes. Siempre con otros. Trabajo de investigación con colegas y la riqueza de saber que el psicoanálisis tenía un lugar. Las transferencias se fueron tejiendo y el deseo circulaba. Del obstáculo hacíamos oportunidad, como con un síntoma. Por momentos, se manifestaba lo intolerable de la marca de un hospital de niños, donde la enfermedad terminal a veces, se hacía presente. Jamás olvidaré, entre otros, la interconsulta de un pacientito con un pinealoblastoma y el compromiso del médico para con él. La angustia que atravesaba al facultativo se manifestó a partir de un fallido y allí estábamos presentes los analistas para leerlo y acompañar.  Cada vez más comprendía de qué se trataba al atravesar ese umbral de la calle 14 en la ciudad de La Plata. La vida y la muerte se iban tejiendo y el texto de Ginette Raimbault: “el niño y la muerte” nos acompañaba, como así también “el orden médico” de Jean Clauvrel, entre otros.

La culminación de ese tramo de formación, en principio, no abriría a otras perspectivas hospitalarias. Hasta que un nuevo horizonte, azar mediante, se hizo posible: Hospital Interzonal General de Agudos “Presidente Perón”. Cerca de ser una treinteañera y con un cierto camino iniciado, avalado, en parte, por un saber hospitalario aprehendido y aprendido en los 4 años anteriores, decido continuar ese camino.  Me esperaba, desde lo formal, el lugar de psicóloga de planta. Tensión, entre las marcas de la residencia y el lugar que ahora me cobijaría. Se trataba de recrear/me en ese otro lugar. La pregunta era ¿de qué modo.? “Psicóloga de planta”, denominación poco conocida por mí. No me representaba del mismo modo que el significante residente, que me era muy cercano. La apuesta era no perder el eje del deseo y que el mismo se impusiera sobre un goce parasitario que en ocasiones las instituciones nos invitan a sostener.   Puedo decir que el pasaje de ese primer lugar a este otro lo acompañé, como hoy, con un escrito. Recuerdo, entonces mi primer texto de esa nueva etapa, y su presentación en unas jornadas que se realizaron en el hospital Esteves de la localidad de Temperley, lo titulé: “Actitud terapéutica” con subtítulo: “Experiencia de vida o experiencia debida”. Confieso que acuerdo bastante poco con lo vertido allí, pero la letra, en tanto litoral entre goce y saber, me tranquilizó. Algo se me hacía posible. Comenzaba otro tiempo.

Profesionales con muchos años y experiencia variada transitaban por allí.  La marca de la dictadura militar retornaba: el arrasamiento subjetivo propio de ese tiempo. Pero la clínica, el intercambio con otros, ateneos y supervisiones permitían seguir pensando. Hubo recambio de profesionales. De a poco se fue construyendo coincidencias y divergencias posibles.

Aprender, in situ, que no hay saberes totalizadores, tolerando el límite de los mismos. Ninguna disciplina es complemento de las otras. Los distintos discursos: social, jurídico, médico se hacían presentes, por momentos homologables a la torre de babel. En otros, produciendo pequeños acuerdos para poder transitar. Tensión entre el discurso médico y el discurso psicoanalítico.

Mi escucha no solo se hacía presente por consultorios externos, sino también allí donde la enfermedad orgánica requería nuestra presencia, ya sea, por ejemplo, por un dolor inconmensurable que, para el médico, se presentaba discordante a la patología que presentaba el paciente o una angustia que a los ojos del facultativo no tenía sentido. La cantidad de veces que me he preguntado al borde de la cama de algún enfermo, en la unidad de terapia intensiva o en la sala de aislamiento, por ejemplo, qué hacía yo como psicoanalista allí.  Y entonces una respuesta aparecía: el objeto del psicoanálisis es el sujeto y eso justificaba mi presencia, dar lugar al padecimiento subjetivo.  Pero mis incertidumbres en esas ocasiones se manifestaban: el temor que al día siguiente, al regresar para escucharlo me encontrara con una cama vacía: ¿se fue?, ¿le dieron el alta?… ¿se murió? Como escucharán, cruzar el umbral de la calle Anatole France en la localidad de Sarandí, no era una novela del escritor francés. Esa mezcla de familiares llorando, lo desgarrador de un grito, el transcurrir de un camillero con un cadáver, o un baleado que entra con la sirena de la ambulancia.  Allí las sensaciones se entreveran.

Y en ese camino fui pensando que el hospital tiene mucho para aportar a los psicoanalistas. El concepto de goce que recorre nuestros textos aparece plasmado, por ejemplo, a partir de una pregunta que un médico le dirige a la madre de una paciente, de por qué la hija no se cuidaba. Una tuberculosis no controlada la llevaba a reiteradas internaciones hasta llegar a afectarle la columna. Su pronóstico empeoraba. La simpleza de una pregunta y la dificultad de una respuesta. Como lo refiere Lacan en su texto: “Psicoanálisis y medicina” (1): “La demanda del enfermo y el goce del cuerpo ponen en jaque al saber médico”.   Entrecruzamiento entre el cuerpo libidinal y el organismo.

Participar en un comité de bioética, el trabajo con pacientes con hipertensión arterial, ateneos médicos para acordar sobre distintas problemáticas, entre ellas: el aborto terapéutico. En el medio muchos obstáculos de distinto orden: institucionales, formas de encarar, estilos y rasgos de carácter de cada quien que impiden el lazo social y la continuidad de la tarea. Entonces se trata de relanzar, no siempre es posible.   En este transitar que relato, se dio el pasaje de una jefa psiquiatra a una psicóloga, entonces nuevas vías se abrían. Larga lucha la de los psicólogos para poder acceder a la función de jefe de servicio. Romper con la idea de que somos paramédicos como muchas veces nos han denominado. No es inocente: para-médico.

Otra etapa comenzaría tras la jubilación de la jefa psicóloga anterior. Llegó el tiempo de decidir si yo asumiría esa función. La jefatura de un servicio la entiendo como una oportunidad para transmitir las marcas que me habitan de este camino, del que hoy brindo testimonio.   Indudablemente un lugar de cierta autoridad, teniendo a cargo a los que hasta ayer eran mis pares. Y allí entra a tallar, entre otras cosas, la construcción que cada uno de nosotros tiene de ese concepto y cómo se juega en la escena.  Un lugar cuya función abre muchos desafíos. Tomando lo que me han transmitido mis antecesores e imprimiéndole el toque personal.

Algunas de las tareas son transmitir conocimiento y gestionar. Este último concepto abarca, según un curso sobre la temática: conducir, planificar, coordinar, motivar, controlar, evaluar, aplicar normas y leyes.  Y avanzo en formalizar la función jefe de servicio desde los conceptos del psicoanálisis.  Y entonces, empiezo a pensarlo como una función: la del Nombre del Padre: acotar goce, redistribuir para relanzar el deseo. Es posible a condición de incluir los puntos de tropiezo. Continúo en esta formalización sirviéndome de un texto del psicoanalista Isidoro Vegh (2), que me ayuda a pensarlo como “un dispositivo, un orden simbólico que implica un conjunto de normas y pautas puestas en los reales, que se presenta en la escena propiciando la creación y el goce canalizado… Se trata de restringir el goce pulsional que dejaría disponible a la sublimación”. ¿Cómo pensar lo anterior en el hospital público? Con sus bondades y dificultades. Seguiré pensando… e invito a hacerlo juntos.

Para concluir: Residente, psicóloga de planta y jefa de servicio. Una carrera que en esa vía decido finalizar. Me asalta la idea sobre cuál sería el regalo que me representa para obsequiar a mi servicio. Entonces encargo un cuadro con una letra, letra enmarcada: Elegí una estrofa de una canción de Diego Torres: “Voy abriendo caminos para dejarte las cosas buenas que aprendo mientras camino mis calles, me llevaré las buenas luces que tiene la gente que me iluminan la vida y me regalan mi suerte”. Entonces el corte de cinta que imaginé en mis inicios hoy lo pienso como un corte que augura otros caminos posibles.

 

Bibliografía

  • J, Lacan: Intervenciones y textos 1 “Psicoanálisis y medicina”. Ediciones manantial
  • Vegh: “Las letras del análisis ¿Qué lee un psicoanalista? Paidós

 

1 Response

  1. Patricia R. Maresca

    Qué maravilloso e inquietante recorrido Lic Adriana Szyniak, fué un placer leer tu ártículo..

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